—Sí; estaría bien.
Fabvier llamó a un joven y le ordenó que un grupo de carbonarios marchara corriendo hacia el otro lado de la plaza de la Greve, y que, reunidos, gritaran: «¡Viva la Carta! ¡Viva la República!», con el objeto de atraer hacia ellos los gendarmes.
El joven salió de prisa; Fabvier se quedó solo con Aviraneta, marchando ambos detrás de la comitiva.
La orden de Fabvier era formarse en dos grupos en la plaza de la Greve y atacar inmediatamente a la tropa.
—¿Cuántos hombres cree usted que habrá?—preguntó Aviraneta.
—Se han comprometido doce mil. Yo espero que habrá seis mil, tres mil...
Aviraneta y Fabvier marcharon despacio entre la multitud, hasta desembocar en la plaza de la Greve.
El cortejo de los condenados iba avanzando por la plaza y acercándose al lugar de la ejecución. Sobre las cabezas de la multitud se veía la guillotina y la cuchilla, que brillaba pálidamente a la luz de la mañana.
Fabvier y Aviraneta quedaron asombrados al entrar en la plaza. En el punto indicado por el barón había hasta setenta u ochenta hombres afiliados a la Venta Carbonaria. Los demás habían desaparecido.