Fabvier comenzó a dar órdenes a sus lugartenientes, mandándoles que al entrar en el puente rodearan la carreta de los condenados, y al conseguirlo, dieran un silbido. En el mismo instante todos los carbonarios se enredarían a puñaladas y a tiros con los soldados y gendarmes, se confundiría a los reos con la multitud, se les pondría trajes prestados y se les haría escapar.

Si hubieran podido mirar desde arriba, a vista de pájaro, hubiesen notado que a los lados de la carreta de las víctimas no se abría la masa de gente en un surco, sino que, acompañando al carro, iba un grupo compacto de hombres.

Los condenados miraban con anhelo a aquella multitud, de la que esperaban la salvación. Los cuatro eran jóvenes. Se decía que el mayor no tenía más de veinticinco años.

Al llegar la carreta al puente, la masa hizo que el cortejo fuera más despacio. Grupos de carbonarios de ocho o diez, a quienes se conocía por su tipo, avanzaban entre la gente como una cuña.

Fabvier esperó el movimiento ordenado por él; pero no se verificó.

—Vamos nosotros—dijo el barón a Aviraneta y a otros amigos.

Empujando a derecha e izquierda, metiendo los codos entre la masa, los treinta o cuarenta hombres, dirigidos por el barón, se acercaron a la carreta. Intentaron luego aproximarse a ella; fué imposible.

Más de trescientos gendarmes, vestidos de paisano, formaban un núcleo impenetrable alrededor del carro. Varios carbonarios que intentaron incrustarse en el grupo de gendarmes fueron hechos prisioneros.

—Estamos perdidos—murmuró Fabvier con angustia—; han tomado sus disposiciones mejor que nosotros. Vamos a ver si reunimos toda nuestra gente en la plaza de la Greve y atacamos allá.

—Convendría que alarmaran por el otro lado de la plaza para que nos lanzásemos nosotros en la confusión—dijo Aviraneta.