—Ensáyelos usted—dijo Aviraneta, dejando tres frasquitos en un velador—; tengo la seguridad de que le gustarán. Si es así, como será, usted los recomendará a sus amigos, pues sé que tiene usted buenas relaciones, y yo le daré un tanto por ciento en la venta.

—¿Y cómo sabe usted que tengo buenas relaciones?—preguntó la francesa.

—Lo sé por Cecilio Corpas, que es amigo mío.

—¿Es usted amigo de Corpas?

—Sí, señora. Por cierto que hace mucho tiempo que no le veo.

—¡Claro, como que no está en Madrid!

—¿Qué le ha ocurrido?

—Que ha caído en desgracia. Está deportado.

—¿De veras?

—Sí.