Aviraneta celebró la carta de su amiga y la contestó otra larga y seria, hablándola de la situación política de España y de las esperanzas que guardaba de que todo se iba a arreglar. Teresita le contestó a los pocos días:
«Mi buen don Eugenio: ¡Conque todo se va a arreglar! Ya, ya. Aquí, al menos, las noticias son cada vez peores. Dicen que los realistas vienen de Aragón y que van a entrar en Madrid. En Aranda hay mucha miseria, y todo el mundo asegura que la culpa la tienen ustedes, los liberales. En los pueblos no pueden vivir. Los hombres de la familia de nuestra criada han venido de cerca de Roa, a ver si encuentran trabajo, y se quedan a dormir en la cocina y en el pajar. ¡Siete hombres grandes y fuertes como castillos y sin poder ganar una peseta! Van a concluir marchándose al campo con los realistas. Y de todo esto tienen ustedes la culpa, los liberales. ¡Qué disparates no hacen ustedes! El otro día subió al púlpito, en Santa María, un sabio capuchino, y dijo que son ustedes un hato de ignorantes, atrevidos, vanidosos y burros, que merecen un ronzal; que no saben ustedes nada de latín ni de historia, y yo creo que tiene razón. Porque, ¡cuidado que hacen ustedes tonterías! Y no los otros, sino usted, don Eugenio. Como aquí, cuando estaba usted en la Milicia de caballería, que tenía usted que pagar el caballo, el uniforme, el asistente, y muchas veces los caballos, los uniformes y los asistentes de los demás. Usted está algo trastornado, don Eugenio. Ha andado usted peleando y exponiendo su vida, y quiere seguir en la lucha, y no es usted militar, porque no tiene grado, ni sueldo, ni nada, ni nadie se acuerda de usted. ¡Parece mentira que un hombre listo sea tan tonto!
Su madre me dice que está fastidiada con los milicianos, que van todos los días a su casa a decirle que por qué no viene usted, que entre los liberales hay divisiones.
Su madre no sabe qué contestarles. Por un lado, se alegra de que usted no esté en Aranda. Si ha de seguir usted así, lo mejor será que se la lleve usted a Madrid, porque si no, aquí le van a dar un disgusto.
Su amiga,
Teresa.»
Aviraneta se había acostumbrado a esta correspondencia, y todas las semanas escribía a Teresita una larga carta y le enviaba algún regalo. Por las Navidades, y siguiendo el consejo de Teresita, acompañó a su madre a Madrid.