Solamente algunos extranjeros, italianos o franceses, se presentaban en el grupo carbonario con sus tarjetas cortadas.

Aviraneta iba ya muy poco a Aranda. Había abandonado su cargo de regidor y esperaba que viniesen mejores días para volver a continuar su vida normal.

Aviraneta, a fin de olvidar las amarguras de Madrid, escribía a su madre y a Teresita.

Teresita, la hermana de Rosalía, había pasado una grave enfermedad; al saber que estaba ya mejorada y en la convalecencia, don Eugenio le envió una caja de dulces por la diligencia.

Teresita le contestó a los pocos días esta carta.

«Mi buen amigo don Eugenio. Recibí la suya, tan afectuosa, y el cajoncito de dulces, que ahora me los iré comiendo con más gusto, porque empiezo a tener apetito, gracias a Dios. La tarta estaba monísima y muy exquisita; el tarrito de la jalea y las naranjas en dulce, deliciosas. Todavía no tengo fuerzas para salir de casa; así, que he pasado el día de Santa Teresa en un sillón, y ayer no me encontré con ánimos para escribir a usted. Hoy, que estoy algo mejor, lo hago para darle las gracias por su recuerdo y su felicitación. Ruego a la Virgen para que me devuelva la salud y para que le lleve Dios a usted por buen camino y tranquilice su cabeza, que me parece sigue como una olla de grillos. ¿Por qué no ha de ser usted una buena persona? ¿Por qué andar así, de la Ceca a la Meca, pudiendo vivir tranquilo?

Su madre me indica que le diga a usted que está buena; pero que le parece muy larga la ausencia de usted del pueblo.

Aquí, en Aranda, dicen ahora que es usted carbonario o carbonero: una cosa muy negra; lo peor de lo peor... Yo no lo creo.

Muchos recuerdos de su amiga,

Teresa.»