Las tropas de Bessieres, Ulman y Sempere se unieron poco después con las de Capapé y las del ex coronel Nicolás de Isidro.
En conjunto formaron una hueste de más de cinco mil infantes y de cerca de mil lanceros.
El Gobierno destinó a la persecución de estas fuerzas a los generales don Manuel de Velasco, Carondelet y el Empecinado.
Cerca de Calatayud, Carondelet salió al encuentro de los facciosos, los atacó, y los rebeldes se retiraron, dejando unos cuarenta rezagados prisioneros.
El 11 de enero, Antonio Martín, capitán de caballería, hermano del Empecinado, volvió a atacar a la retaguardia de Bessieres, que se hallaba en las proximidades de Molina de Aragón, y le hizo algunos muertos y setenta y dos prisioneros.
A pesar de estos ligeros tropiezos, Bessieres iba avanzando hacia Madrid, cobraba contribuciones, requisaba ganado lanar y caballería para su tropa.
Del 16 al 17, Bessieres estaba en Medina Cœli y pedía al Ayuntamiento de Sigüenza que quitara de la plaza la lápida de la Constitución, símbolo de irreligión y de licenciosidad, según decía el antiguo republicano.
Al saber que los facciosos se hallaban ya en Medina Cœli y avanzaban hacia Guadalajara, el pánico en Madrid fué terrible. Se sabía que estaban reunidas las fuerzas de Bessieres, Ulman, Capapé, Chambó y el ex coronel Nicolás de Isidro. Tales datos hacían creer a la gente en contra del Gobierno, que aseguraba no llegar el número de los facciosos más que a tres o cuatro mil; que éstos ascendían al doble o quizá al triple.
El peligro era grande; la guarnición de Madrid, exigua, no bastaba para defender la ciudad; se sentía la ramificación reaccionaria con el movimiento de Bessieres que llegaba a Palacio, y se veía que algunos políticos influyentes colaboraban en el movimiento absolutista, paralizando en lo posible la acción del Gobierno.
La Milicia voluntaria de Madrid pidió a las Cortes, como favor especial, pues la disposición de la ley no le autorizaba a hacer este servicio fuera de la provincia, que se le permitiera marchar contra los facciosos. La petición se aprobó por unanimidad y se designaron los batallones 20, 22 y 24, por ser los menos incompletos, para que salieran a luchar. En Madrid se preparó una columna de dos mil hombres de infantería, quinientos caballos del regimiento de Alcántara y cinco piezas de artillería. Esta columna estaba mandada por don Demetrio O'Daly, comandante general de Castilla la Nueva y uno de los militares sublevados en Cabezas de San Juan, portorriqueño, de origen irlandés, muy católico y franc-masón.