El 16 de enero había salido de la corte O'Daly con sus fuerzas. Palarea, mientrastanto, tomaba medidas para la defensa de Madrid.
El día 20 de enero, Aviraneta presenciaba en la calle de Alcalá la partida de cuatro compañías de milicianos que marchaban a Guadalajara. Juntas con ellas iban partidas sueltas, a las órdenes de varios jefes populares, entre ellos Beltrán de Lis, que pensaban unirse a las fuerzas del Empecinado.
El Ayuntamiento de Madrid reunió todas las diligencias, tartanas, calesas y calesines que pudo encontrar para el transporte de los nacionales. El espectáculo era de lo más desordenado y lamentable; la gente del pueblo, la mayoría deseosa de que derrotasen a los milicianos, les dirigía bromas y burlas. Los milicianos se agitaban en la mayor confusión. Hablaban, reñían, disputaban en corrillos, sacaban a relucir antiguos resquemores, y la ancha calle de Alcalá, ocupada por la masa de público y por los milicianos discutidores y chillones, era como el símbolo de la sociedad y de la Revolución española.
Comenzaban a marchar las primeras calesas con los milicianos calle abajo, cuando un mozo de la Fontana de Oro se acercó a Aviraneta:
—¿Qué pasa?—preguntó don Eugenio.
—En el café hay dos lanceros que le andan buscando.
Estos lanceros traían una carta del Empecinado. Aviraneta abrió la carta. Don Juan Martín le decía que necesitaba de él; que le nombraba secretario de campaña y ayudante de campo; que pidiera un caballo en el Ministerio de la Guerra, y que saliese inmediatamente para Torija.
Aviraneta pidió el caballo, y poco después, entre los dos lanceros, pasaba por la Puerta de Alcalá, alcanzaba a los milicianos y seguía adelante.