V.
CASPUEÑAS Y BRIHUEGA
Salieron Aviraneta y los dos lanceros de Madrid, y, poniendo sus caballos al trote corto, se dirigieron, por la carretera de Alcalá, hacia las Ventas del Espíritu Santo. Pasaron las Ventas y avanzaron hacia Canillejas. Había dejado de llover un poco; el cielo seguía negruzco y amoratado; los campos, llenos de agua; un viento furioso retorcía los pocos arbolillos raquíticos del camino.
A veces, el avanzar constituía una verdadera lucha. A otro que no hubiera sido Aviraneta le hubiera dado una impresión melancólica aquellas llanuras tristes, monótonas, debajo del cielo tormentoso, morado y negruzco, con resplandores de cobre. Sólo algunos rebaños de ovejas blancas y negras, seguidos de los pastores, cubiertos de largas capas, se veían recorrer los campos.
Un poco antes de pasar por el puente de San Fernando arreció tanto la lluvia, que Aviraneta y sus acompañantes, desviándose del camino, se acercaron a una casa terrera para cobijarse en ella. Había dentro un hombre, un pastor, con quien Aviraneta entró en conversación. No sabía quiénes eran los realistas, ni los constitucionales, ni si estaban lejos o cerca.
Cuando amainó la lluvia don Eugenio y los lanceros volvieron a salir y a ponerse en marcha. Por el camino pasaban galeras de seis o siete mulas con la cabeza baja.
Al anochecer comenzó a cambiar un poco el tiempo y el paisaje; se destacaron unas colinas peladas en el horizonte y poco después apareció la silueta de Alcalá.
Se despidió Aviraneta de los lanceros, se fué a una posada y, por la mañana, en compañía de otros dos soldados, y montado en un caballo nuevo, se puso en marcha.
Abandonaron Alcalá, cuyas iglesias de ladrillo, con sus torres puntiagudas de tejados plomizos, brillaron ante un rayo de sol pálido que salió entre nubes, y tomaron los tres el camino de Aragón.
Al mediodía comenzó a llover; comieron por la tarde en Guadalajara, y Aviraneta siguió el camino hasta Torija, en donde entró calado hasta los huesos.