—Es un buen comienzo de expedición—murmuraba entre dientes.

Aviraneta se presentó en la casa donde estaba el Empecinado, y se le trajo, por orden del general, un jergón y una manta para aquella noche.

El Empecinado se manifestaba furioso contra el Gobierno y el ministro. Don Juan Martín había advertido desde Sigüenza que no tenía fuerzas bastantes para luchar con Bessieres, y el ministro, como si nada le importase que derrotaran al Empecinado, insistió en que atacase.

Entonces don Juan Martín, sin hacer caso de las órdenes del ministro, esquivando un encuentro que hubiera sido desastroso, se presentó en Torija a esperar refuerzos. Lo mismo había hecho el general Velasco en Aragón para no ser derrotado estúpidamente.

Al levantarse Aviraneta comenzó sus trabajos. No tenía el Empecinado arriba de cuatrocientos hombres.

Estos se hallaban descalzos, faltos de camisa, devorados por parásitos: en una verdadera miseria.

El Empecinado había pedido efectos a Madrid, y los estaba esperando.

El 21 llegaron algunos milicianos de la corte y las partidas sueltas que iban a unirse con el Empecinado. Con estas tropas vinieron carros con ropas y municiones.

La gente del Empecinado mejoró pronto de aspecto.