Los soldados que enviaba Madrid no eran de toda confianza: abundaban los majos y manolos, los estudiantes calaveras y otros tipos maleantes, a los cuales no era fácil imponer con rapidez la disciplina necesaria.
Aviraneta y el Empecinado discutieron qué sería mejor, si mezclar los unos con los otros o formar compañías aparte.
Por fin se decidieron por esto último. Buscaban el que cada grupo tuviera responsabilidad clara en lo que hiciese...
Desgraciadamente, el tiempo estaba malo; la lluvia representaba mucha fatiga y molestia para soldados bisoños. No había alojamientos. Pasaron los del Empecinado y las partidas madrileñas un día en Torija mal que bien, y el 22 llegaron más compañías de los batallones de Trujillo, Cuenca, Mallorca, milicianos de Madrid y caballería de Calatrava.
En conjunto se habían reunido unos dos mil hombres y trescientos caballos. La fuerza era heterogénea y difícil de mandar. No se cabía en el pueblo.
Las órdenes del Gobierno fueron confusas y contradictorias. El día 22, entre dos y tres de la mañana, se ordenó al Empecinado fuera a Guadalajara con sus tropas, adonde llegaron con una gran nevada. El día 24, a las cinco de la mañana, con un tiempo horrible de deshielo y de lluvia, se tomó el camino de Aldeanueva. Se descansó una hora y media en esta aldea y se siguió a Caspueñas recibiendo aguaceros. A las dos de la tarde se llegó delante del pueblo. Se dispuso que las guerrillas estuvieran a la vista de las tropas. Ya frente a Caspueñas se recibió nueva orden de dejar este pueblo y avanzar hacia Brihuega, por el camino de herradura de Valdesaz, y esperar allí en los altos a O'Daly.
Seguía lloviendo de una manera terrible; el cielo, negruzco, amoratado, vomitaba el agua a torrentes; toda la tropa estaba mojada hasta los huesos, y los soldados llevaban el fusil debajo del capote para conservarlo útil en un momento dado.
Al acercarse a Caspueñas, el Empecinado se encontró con el pueblo ocupado por las fuerzas del cabecilla Ulman, en número de mil quinientos hombres. No se habían dado cuenta los facciosos de la llegada de las tropas del Gobierno por la niebla y el mal tiempo.
¿Qué se iba a hacer?
Don Juan Martín consultó con sus oficiales, y todos estuvieron de acuerdo en considerar imprudente el dejar un pueblo con tanta tropa enemiga a la espalda. Se decidió atacar.