O'Daly había sido culpable; su vanidad, su deseo de vencer solo, ocasionó aquella derrota, que contribuyó a desmoralizar a los liberales.
VII.
EN GUADALAJARA
Después de la derrota de Brihuega, el Gobierno tuvo que echar mano de todos sus recursos; nombró capitán general de Castilla la Nueva a don Francisco Ballesteros; gobernador militar de Madrid, a Zarco del Valle, y concluyó de organizar una fuerza de tres mil hombres de infantería y cuatrocientos caballos, que puso a las órdenes de otro prestigio, el general don Enrique O'Donnell, conde de Labisbal.
Los realistas, por su parte, no se durmieron; la misma noche del triunfo de Brihuega, Bessieres hizo ingresar en sus filas algunos de los prisioneros constitucionales, y a los demás los soltó.
Al día siguiente del encuentro, por la mañana, Bessieres y el ex coronel de ejército, don Nicolás de Isidro, con un pelotón de lanceros, salieron de Brihuega; llegaron a Horche, donde se reunieron con unos doscientos infantes, y juntos se acercaron a Guadalajara y entraron hasta el palacio del Infantado. Intimaron su rendición, que no fué atendida por el gobernador civil, que estaba en el palacio, y siguieron adelante hasta ocupar el pueblo.
Al mediodía, el gobernador pudo mandar aviso al batallón de Bujalance, que se encontraba fuera de la ciudad, de que Bessieres había entrado en Guadalajara con pocos hombres.
Las tropas de Bessieres y de Isidro se posesionaron del pueblo; pero al anochecer, temiendo un ataque, se retiraron hacia el puente. El momento y la obscuridad lo aprovecharon los del batallón de Bujalance para entrar en Guadalajara y distribuír fuerzas en el palacio del Infantado y en algunos otros puntos estratégicos.
El mismo día de la entrada de Bessieres y de Isidro llegaba O'Donnell a Alcalá de Henares, y saliendo inmediatamente, ocupaba el 26 Guadalajara.