Se habían reunido en esta ciudad tropas de Labisbal, de O'Daly, de Velasco y del Empecinado. En conjunto, cerca de ocho mil hombres.
Labisbal, al llegar, llamó al Empecinado, con quien tuvo una larga entrevista acerca de lo ocurrido en Brihuega; después avisó a O'Daly, y a los dos juntos les dijo:
—Ha sido una mala inteligencia la que ha producido el tropiezo de Brihuega. No creo que ninguno de ustedes tendrá inconveniente en servir a mis órdenes.
—Yo, por mi parte, no—dijo el Empecinado.
—Ni yo tampoco—añadió O'Daly.
—Pues entonces prepárense ustedes. Ahora mismo vamos a desalojar a los enemigos del puente de Guadalajara y a dispersarlos.
El Empecinado contó a Aviraneta lo ocurrido, y se dieron las órdenes para el ataque.
Llovía de una manera desastrosa. Guadalajara, que es de por sí un lugarón pobre, envuelto en aquel continuo chubasco parecía más mísero y triste.
Bessieres, con sus hombres, se había atrincherado en el puente sobre el Henares y en algunas casas inmediatas.
Se reunieron en la plaza, delante del palacio del Infantado, unos trescientos hombres, cien caballos y dos piezas de artillería. Labisbal dispuso que se tomaran posiciones en la cabeza del puente que da a la ciudad. Lo hicieron así, y comenzó el tiroteo.