Al cabo de media hora se ordenó que se colocaran dos piezas de artillería a orillas del río, cerca de unas colinas terrosas y amarillentas, a las que va desmoronando el Henares en sus crecidas.
Tras de una hora de fuego de fusil y de cañón, O'Donnell dispuso que una compañía desplegada en guerrilla avanzara por el puente.
Bessieres estaba fortificado en un molino y en dos o tres casas de la otra orilla, y había mandado construír un parapeto de un lado a otro del puente, uniendo los dos baluartes en el ángulo saliente que tiene en medio.
El Henares venía ancho, crecido, turbio, de color de ocre. No era posible atravesarlo por ningún vado. Al entrar la columna en el puente, comenzó un fuego muy vivo. Los dos cañones disparaban simultáneamente y destrozaron una casa baja de ladrillo, desde donde los realistas tiroteaban por las ventanas.
Los soldados constitucionales avanzaron hasta el centro del puente, y antes de que se entablara la lucha cuerpo a cuerpo, los realistas retrocedieron. Pronto se dieron cuenta los liberales que los de Bessieres no se defendían con valor, y notando la debilidad del adversario hicieron un esfuerzo y desalojaron de las casas y del molino a los realistas, donde se habían guarecido.
Cuando se pasó a la orilla opuesta, se vió que los realistas se retiraban rápidamente. El triunfo de Brihuega quedaba algo contrarrestado, y Bessieres y los suyos no se atrevieron a seguir camino de Madrid.
Se puso una compañía vigilando el puente, y Labisbal y el Empecinado volvieron a Guadalajara.
Seguía lloviendo. Aviraneta se fué a la posada de los Mandambriles, donde había varios oficiales que estaban jugando al monte. Uno de ellos, oficial de O'Daly, le dijo que Labisbal se inclinaba a defender a O'Daly y a echar la culpa al Empecinado por lo de Brihuega.
—No me choca nada—dijo Aviraneta—. Son los dos de origen irlandés. Se las echan de aristócratas, y tienen el odio de todos los militares de escuela por los guerrilleros.