Aviraneta pasó por delante de la casa de Teresita, subió rápidamente por la reja, hasta el piso primero, y dejó el paquete colgado en el hierro del balcón con una cinta.

Al bajar se encontró con el Tío Guillotina, el loco, que le miraba atento.

—Hola, Guillotina—le dijo Aviraneta.

—Hola. ¿De dónde vienes?—le preguntó el mendigo.

—De arriba.

—De arriba tienen que bajar los buenos a cortar la cabeza a estos canallas... Sí, canallas..., todos son unos canallas. República y guillotina... Al río todas las cabezas de los malos de Aranda... Al río... ¡Canallas, bandidos! He de beber vuestra sangre.

El loco se encontraba en un estado horrible, febril, desencajado; tenía la frente abierta de una pedrada, con la herida que manaba sangre, y un ojo hinchado por algún golpe; su traje estaba cubierto de barro, y las plumas de gallo de su tricornio, caídas.

Era una ruina, un verdadero harapo humano.

Aviraneta intentó calmarlo y lo quiso meter en el mesón del Brigante; pero el loco se le escapó y se marchó corriendo, vociferando.

Aviraneta volvió acompañado por el sereno hasta el alojamiento de don Juan Martín, de la plaza del Trigo.