Al día siguiente, el Empecinado con su escolta se dirigió a Madrid.

Había mejorado el tiempo; un hermoso sol brillaba en el cielo. Aviraneta, con la perspectiva de estar una temporada sin trabajar, se sentía perezoso, cansado.

Al llegar a Madrid pasó unos días en la cama.

Escribió varias veces a Teresita, y ella le contestó de este modo:

«Mi estimado don Eugenio: Cogí el paquete de dulces del balcón y en seguida me figuré que era de usted. No sé para qué hace usted esos gastos.

He leído su carta, y me da mucha pena ver que lleva usted una vida tan arrastrada y que pasa usted tantos trabajos y fatigas. ¡Mi pobre don Eugenio, le veo a usted muy mal!

Ese Empecinado es un monstruo. ¿Qué furia le ha entrado a don Juan Martín de arreglar el mundo cuando debía estar en Castrillo trabajando su tierra? ¿No ven ustedes que toda España está contra ustedes? ¿Cómo no lo comprenden? Habrá que decir como dice mi tía: «Herradura que chacolotea, clavo le falta». Y a ustedes les falta algún clavo o algún tornillo. ¿No escarmentará usted, don Eugenio? ¿Por qué no someterse a la razón? ¡Qué afán de cambiar y de trastornarlo todo. Así hemos encontrado el mundo y así lo dejaremos. Tenga usted fe. Olvide usted la vanidad. ¿Qué le importa a usted lo que le digan sus amigotes?

Me figuro que no ha de hacer usted caso de mis palabras y que seguirá usted erre que erre hasta llegar a la América o al Polo Norte.

Nosotros hemos tenido este invierno nuestros achaquitos; mi padre está con una tos que se ahoga; Rosalía engorda y no tiene ganas de comer, y yo, que como muy bien, estoy cada vez más flaca.

¡Adiós, don Eugenio, cuídese usted y que no se le revuelva más esa olla de grillos que lleva usted en la cabeza! Muchos recuerdos a su madre. Su amiga, que desea verle,