Ya, decidida la forma de la venganza, con el mayor sigilo se comenzaron los preparativos.

Se envió una denuncia al jefe de policía, como escrita por un agente, diciendo que había una reunión misteriosa en la calle del Pozo y que mandaran un hombre que no inspirara sospechas, como Regato. Regato fué a ver a Gipini a la Fontana de Oro, y Gipini le dió una tarjeta cortada para que pudiese pasar al interior de la casa donde tenía sus reuniones la centuria carbonaria. La hora fijada eran las once de la noche. Aviraneta entró en la venta por la Carrera de San Jerónimo. Al ir a pasar al salón de actos, un carbonario le tomó la capa y le dió una careta, que se la puso. Al entrar en la sala se sobrecogió. Estaba todo el grupo carbonario reunido, cada individuo con su antifaz. En la mesa, iluminada por dos candelabros, se había formado un tribunal con tres hombres enmascarados; detrás de ellos, cerrando la puerta de comunicación con otro cuarto, había una cortina negra.

A las once en punto se oyó ruido de pasos en el corredor. La centuria carbonaria se disponía a la obra.

Un momento después entró Regato con los ojos vendados y sujeto por cuatro hombres.

Al acercarse a la mesa le ataron las manos y los pies rápidamente y le quitaron la venda de los ojos.

La impresión en Regato debió de ser terrible. Algunos carbonarios habían sacado el puñal y lo mostraban a la víctima.

—Acusado, sentaos—dijo el presidente.

La voz era la del Re di Faccía.

Regato se sentó y quedó apabullado en la silla por el terror. Aviraneta lo miraba de frente. Regato era en esta época un hombre todavía joven, bajito, grueso, mofletudo, con los ojos claros, el aire clerical, sucio en el traje y de una viveza de ratón.

—Regato—dijo el presidente—, te acusamos de ser traidor a la causa liberal; de ser un espía de Ugarte y de Fernando VII; de haber vendido a nuestros hermanos en varias ocasiones... ¿Qué tienes que alegar?