El fetichismo por la palabra sonora y por el orador escultural producía, y ha seguido produciendo en el español progresista, una extraña incapacidad para enterarse del fondo de las cuestiones, de la realidad de los hechos y de la exactitud de las ideas.
Aviraneta, que desde hacía tiempo perseguía a Regato, dió infinidad de detalles a la centuria carbonaria para convencerla de la traición del comunero.
Aviraneta propuso citar a Regato de noche, en un rincón cualquiera, y ahorcarlo, o, por lo menos, pegarle una paliza. La venta carbonaria de Madrid incubó otro plan más misterioso y novelesco.
Entre los italianos se decidió tomar un acuerdo con Regato, terrible, y fué marcarle en la frente, con un hierro candente, la palabra Traidor.
Aviraneta no era partidario de procedimientos tan medievales, y prefería un sistema más sencillo de deshacerse de Regato: pegarle una puñalada o dos tiros en un callejón obscuro.
Sin embargo, creía que uno de los modos de dar fuerza al carbonarismo hubiera sido comenzar con un crimen siniestro y complicado. Seguramente, la disgregación y la falta de tensión de la sociedad carbonaria se hubieran evitado así.
La complicidad hubiera apretado los lazos de la centuria carbonaria, de la cual Aviraneta comenzaba a sospechar. ¿Eran todos los afiliados fieles? No era fácil asegurarlo.
Se pusieron a discusión varios proyectos para castigar a Regato, y el de los italianos prevaleció en la reunión.
Covianchi se encargó de traer, dos días después, un hierro con la palabra Traidor grabada en relieve y sujeto en un mango.