Otro peligro grande era la entrada de traidores en la sociedad, lo que podía transformar una institución liberal en un instrumento de absolutismo, como pasaba con los Comuneros.

A pesar de su desconfianza, Aviraneta fué con asiduidad a la venta carbonaria creada bajo sus inspiraciones.

La casa en donde se había instalado la venta tenía tres entradas: se podía llegar a ella por un portal estrecho de la calle del Pozo, por una taberna próxima y por un pasadizo que comunicaba con la Carrera de San Jerónimo.

Desde esta misma casa, desde los balcones de la Carrera, se proyectó matar a Espartero y a O'Donnell, después de su triunfo en la Revolución de 1854, por unos cuantos republicanos, y Aviraneta, que estaba en el Saladero, convenció a los directores del complot, también presos, de la inutilidad del atentado.

En el portal de la calle del Pozo se había instalado un despacho de memorialista, que servía para que el conserje de los carbonarios vigilara la calle y advirtiera la llegada de la policía.

La venta carbonaria disfrutaba de una instalación paupérrima. El local tenía un cuarto bastante grande, que era el salón de juntas, con otros dos o tres pequeños, y varios pasillos. En el salón grande había una mesa, unos bancos y un armario. Sobre la mesa, un velón de aceite.

Formaban la centuria carbonaria veinte miembros, que se llamaban por su número.

Eran: Gipini, el dueño de la Fontana; Cobianchi, el joyero; Nepsenti, el ex fraile Moore, Cugnet de Montarlot, que estaba en Madrid; Aviraneta, uno de los hermanos Bonaldi, barítono de fama; el Majo de Maravillas, el miliciano Fachada, el capitán Rini, piamontés huído de su país; el ex coronel Latorde, dos napolitanos, el uno llamado Monteleone y el otro apodado il Re di Faccía, y otros más, hasta los veinte.

Al saber que Regato era el organizador de la algarada del 19 de febrero, que había dejado al Gobierno sin fuerza, como tiempo antes preparó la silba a las Embajadas de la Santa Alianza, muchos liberales no tuvieron más remedio que pensar que Regato estaba vendido a Fernando VII, como desde hacía tiempo se decía.

En aquella época, como más tarde, la característica de los liberales españoles era una credulidad tan necia que, en la mayoría de los casos, confinaba con la estupidez.