Aviraneta era hostil a estas mojigangas.
—Si nos llamamos unos a otros buenos primos y hablamos del firmamento, la gente se va a reír de nosotros—dijo don Eugenio varias veces.
En el plan de Aviraneta había cuatro clases de ventas. Cada una estaría constituída por veinte hombres. Veinte hombres de la primera venta tendrían un delegado. Veinte delegados de las primeras ventas formarían la segunda venta; nuevos veinte delegados de las segundas ventas formarían la tercera, y otros veinte delegados de las terceras, la Alta Venta. Para no quitar todo aliciente a la imaginación, se dispuso que las primeras ventas se llamasen manípulas; las segundas, centurias; las terceras, cohortes, y la cuarta, legión o Alta Venta.
Cada venta tendría su autonomía, y no conocerían sus individuos a las de las otras.
El procedimiento para impedir las traiciones estaba basado en el triángulo de Weishaupt; lo que en éste eran individuos, en el carbonarismo eran grupos de veinte.
El plan de Aviraneta se aprobó estando él fuera.
Se llegó a reunir una centuria, es decir, veinte grupos de a veinte, y para la reunión de esta centuria se alquiló un local en la calle del Pozo, en el piso bajo de una casa próxima a la Fontana de Oro.
Aviraneta encontraba muchos defectos a las sociedades secretas; defectos que había ido comprobando en la práctica, en la masonería.
Primeramente, la gente no sabía callar, y el secreto, la táctica de protección común, no se respetaba. A esto había que añadir que la confianza en los miembros era muy escasa, que no se aceptaba de buen grado una jerarquía, y que no había hombres capaces de obedecer sin discutir ni comprender.