LIBRO SEGUNDO
EL TIRANO DE ARANDA

I.
LOS MILICIANOS

El mismo día en que se dió el bando en la Plaza de Aranda acerca de la partida levantada por el canónigo de la Colegiata de San Quirce don Francisco Barrio, poco después de comer empezaron a reunirse en una explanada del pueblo que se llama plaza del Palacio o del Obispo grupos de milicianos, de uniforme. Había maniobras.

A las tres comenzó la formación y se pasó lista. Anteriormente habían tenido los milicianos una época de continuo y diario ejercicio, y el grueso de las fuerzas voluntarias se hallaba bien adiestrado.

En toda España, al mismo tiempo, los liberales se dedicaban a empuñar las armas. El Gobierno quería contar con una fuerza capaz de sofocar cualquier tentativa absolutista.

Comenzó el ejercicio en la plaza del Obispo. La mayoría de los milicianos había pasado las primeras dificultades y estaba en la esgrima de la bayoneta y del fusil, y sólo algunos torpes, en pequeños pelotones, habían quedado empantanados en las evoluciones de la marcha y en dar media vuelta a la derecha y a la izquierda.

El Tío Guillotina solía ir con los chicos delante de los pelotones que evolucionaban por la plaza, agitándose y moviendo los brazos.

La Milicia voluntaria y reglamentaria de Aranda estaba formada por dos compañías de infantería y una de caballería. Las primeras eran incompletas, pues ninguna de las dos contaba con los ciento veinte soldados que ordenaba la ley del 24 de abril de 1820.