Aranda sentía deseos de renovación y de mejora.

Era el único pueblo de la provincia con un núcleo liberal importante; todos los demás, comenzando por la capital, por Burgos, se sentían furiosamente absolutistas.

El liberalismo del elemento culto de Aranda, la influencia ejercida en toda la comarca por el Empecinado, impulsaban a gran parte de los habitantes de la villa a aceptar con entusiasmo las ideas y planes de la Revolución española y a pensar en la manera de levantarse y progresar.

Un núcleo de arandinos había hecho un programa indicando los medios necesarios para impulsar las industrias, mejorar la agricultura y arreglar los caminos, que desde la guerra de la Independencia se veían abandonados y deshechos. En este núcleo estaban los Flores Calderón, los Moreno, los Verdugo, los Mansilla, familias ricas y distinguidas de Aranda.

Para obra tan importante y trascendental se contaba con el nuevo Ayuntamiento nombrado por el Gobierno revolucionario de Madrid.

Otra de las reformas en que la mayoría del pueblo esperaba mucho era la creación de la Milicia Nacional voluntaria. Después de la guerra de la Independencia el bandolerismo había crecido en España, el campo era inseguro. Se creía que la Milicia voluntaria podría llegar a imponer la tranquilidad y el orden en la comarca. No era fácil, ni mucho menos, organizar estas milicias en los pueblos; faltaba dinero para los uniformes y las armas. Estos se tenían que adquirir lentamente.

En Aranda más de la mitad de la Milicia se hallaba equipada al mes de comenzar su organización. Todos los domingos, por la mañana o por la tarde, se hacía el ejercicio en los alrededores o en la plaza del Obispo.

Los soldados de la Milicia, y sobre todo los oficiales, se mostraban orgullosos de sus uniformes y los lucían los domingos y días de fiesta con entusiasmo.

Este domingo del año 1820, en que comienza nuestra crónica, se veían por los arcos de la Plaza Mayor más jóvenes que de ordinario vestidos con el uniforme de nacionales.

La gente del pueblo les miraba con simpatía; las chicas encontraban que hacían bien ir acompañadas de un miliciano, con su levita entallada y su gran morrión, por la Acera.