—¿Sabe usted quién me ha indicado que le llame a usted?
—No.
—El juez de Primera Instancia de Burgos, don Modesto Cortázar.
—No es extraño; Cortázar es muy amigo mío, y es, como yo, masón.
—¿Puede usted disponer de un par de semanas, Aviraneta?
—Sí... Es decir, según de lo que se trate.
—Verá usted—y el gobernador se levantó de la silla y paseó por el cuarto—. Tengo datos para creer que varios agentes absolutistas de Madrid han recorrido la provincia de Burgos y han repartido dinero, preparando un alzamiento en la sierra contra el Gobierno constitucional.
—¡Ya empiezan!—exclamó Aviraneta—. No me choca.
—Ya hace tiempo que han comenzado. La primera trama la han urdido unos empleados del Palacio Real; entre ellos, el secretario del rey, don Domingo Baso, y el capellán Erroz. Su objeto era sacar al rey de Madrid, pretextando que los liberales iban a establecer la República, y traerlo a Burgos y ponerlo a la cabeza de los absolutistas. Baso contaba con el infante don Carlos para influír en Fernando VII; pero no pudo convencer a éste de que hablara a su hermano. Entonces, Baso y Erroz salieron de Madrid, fueron a Daimiel, vieron al ex ministro de Policía Echevarri, que vivía en este pueblo, y le instaron para que se sublevara. Echevarri lo hizo, y los conspiradores fueron presos.
—¿Pero el movimiento sigue?