Aviraneta entró; el gobernador le dió la mano y le hizo sentar frente a él.
—¿De manera que usted es Aviraneta?—le preguntó.
—El mismo.
—¿El regidor de Aranda?
—Sí, señor.
—Tiene usted fama de hombre enérgico y decidido.
—No creí que tuviera fama ninguna.
—Pues sí la tiene usted.
—Me alegro.