Ya cercado el pueblo, Aviraneta, en compañía de Frutos y de una escolta de diez hombres, entró hasta la plaza, mandó abrir la posada y llamar al alcalde. Este se presentó escamado y suspicaz.

Aviraneta había subido al primer piso de la posada, a un cuarto desmantelado, con una alcoba obscura en el fondo.

La posadera, en chanclas y a medio vestir, se presentó ante los irruptores de su casa.

—¿Tomarán ustedes algo?—preguntó.

—Yo, una taza de chocolate—contestó Aviraneta.

—Nosotros veremos si hay alguna cosa más sólida—dijo Frutos.

Llegó el alcalde, y entre Aviraneta y él se entabló un diálogo rápido.

—¿Usted es el alcalde del pueblo?—preguntó Aviraneta.

—Sí, señor.