—Esta guerra que empieza ha de ser terrible—dijo Aviraneta pensativo—. Ha de ser más larga y peor que la de la Independencia. Lo verá usted.
—Aunque así sea. Nada de fusilar.
—Está bien.
Aviraneta salió del despacho del gobernador y fué a encontrarse con Diamante y Frutos, que le estaban esperando. Les contó lo ocurrido en la entrevista y les expuso su plan.
Al día siguiente, al amanecer, el escuadrón entero marchaba a Covarrubias. Aquí se dividieron en tres partidas.
Diamante fué el encargado de marchar a Salas de los Infantes y de seguir sin detenerse las huellas de Barrio. Diamante era hombre infatigable y enérgico, y había de hacer los imposibles para alcanzar al cabecilla y lograr el éxito.
Aviraneta y Frutos obrarían en combinación, sin separarse apenas. Frutos marchó a Barbadillo del Mercado, y Aviraneta quedó en Covarrubias con sus tropas alojadas en el archivo y en la torre de Doña Urraca, y al día siguiente fué a Santo Domingo de Silos.
Aviraneta estableció un servicio de confidentes en el campo.
Conocía bien las guaridas y recursos de que podía echar mano una partida en la sierra, y como un jugador de ajedrez que va dando jaque al rey con las dos torres, pensaba acorralar al Cura Barrio.
Cuatro días después de llegar a Santo Domingo de Silos, Aviraneta tuvo vagos indicios de que un emisario de Barrio se encontraba en Tordueles. Inmediatamente dió orden de montar, y las dos partidas, la de Frutos y la suya, llegaron a media noche a la aldea y la rodearon por completo, con la consigna de no dejar escapar una mosca.