Teinturier, después de muchos rodeos, me pidió que le presentase en casa de madama D'Aubignac. Le dije que hacía tiempo que no la veía a esta señora, pero que en la primera ocasión le presentaría.

Cuando fuí a casa de Delfina y se lo dije a ella, se opuso.

—De ninguna manera se le ocurra a usted traer a mi casa a ese señor—me indicó.

No repliqué nada.

—La vista sólo de ese hombre me molesta—añadió—. ¡Tiene un tipo tan vulgar! ¡Unas manos tan ordinarias! ¡Unos pies tan grandes! ¡Luego mira de una manera tan descarada!

—No crea usted. Es más bien la timidez. Está muy entusiasmado con usted.

—Pues, no; no le traiga usted aquí.

¡Pobre hombre!—pensé yo—. Para eso ha estudiado tanto, para que no lo consideren ni siquiera a la altura de uno de estos oficiales majaderos e insolentes que se lucen en los salones.

Siempre me ha chocado la poca comprensión que tienen las mujeres por cierta clase de hombres. Estos tipos de hombres fuertes, que se creen más fuertes de lo que son, que ven a la mujer como un producto débil, más débil de lo que es en realidad, este hombre toro, que parece que debía ser el ideal de la mujer femenina, lo es pocas veces, casi nunca.

CONVERSACIÓN CON DELFINA