—Jorge es un corazón noble y yo le admiro ahora más que antes—dijo Delfina.

Hablamos largamente y me pidió que la primera vez que le viera a Stratford le sondeara acerca de sus intenciones.

Al despedirme de ella, Delfina me dijo:

—Cuento con su discreción, Leguía, ¿verdad?

—Una vez he podido ser imprudente, pero dos, no.

—Así lo espero. Además, aquello era una niñería.

Cuando salí a la calle, todo lo que se me había ocurrido mientras hablaba con Delfina se lo dije al viento:

—Señora: usted es muy alambicada y muy cuca; quiere usted religión y libertad de pensamiento exclusiva para usted, costumbres muy severas y al mismo tiempo facilidad en las pasiones; ser muy honorable y tener un amante, tener un hombre enérgico y altivo y al mismo tiempo que se doblegue a sus necesidades y a sus caprichos. Todo esto no se encuentra mas que en Jauja o en el país de las Gangas. Yo no diré nada, pero no seré tampoco el que intervenga en sus asuntos.