En dos días, a fuerza de zambombazos, quedó desmontado el cañón enemigo, desmoronado el fortín, y los carlistas abandonaron los alrededores de Vera.
Toda esta acción, en mi pueblo, no me pareció muy diferente de una pedrea de chicos. Al menos, en ingenio, no había gran superioridad de los militares profesionales sobre los chicos. La única superioridad que se podía encontrar era que en esta lucha de soldados había muertos de verdad; hombres con el pecho agujereado y las piernas rotas.
Pensé varias veces, aunque, naturalmente, no me atrevía a decírselo a nadie, que esto de la guerra, como ciencia, es una verdadera tontería; yo creo que la guerra es una cosa instintiva; así se comprende que un cura, o un maestro de escuela, metido a guerrillero, pueda tener en jaque a cualquier general: que un moro desharrapado haga maniobrar a su gente como el más perfecto táctico.
El 5 de abril, O'Donnell y Jáuregui se dispusieron a volver a sus campamentos; yo me uní a unas tropas francesas que habían avanzado desde el lado de Oleta a Vera, y fuí con ellas hasta la frontera, y luego, solo, a San Juan de Luz.
La acción a la que había asistido me pareció poca cosa y me afirmé en la idea de que si alguna vez tenía que tomar parte en la guerra, no sentiría el menor miedo. Mi dandysmo estaba por encima del peligro de las balas.
TERCERA PARTE
NUEVOS CONOCIMIENTOS
EN SAINT-MORITZ
Cada nueva parte de mi libro la voy escribiendo en distintos lugares. Ahora he venido a Saint-Moritz, sitio de moda, por el que tenía alguna curiosidad, pero pienso pasar poco tiempo. Este hotel, grande como un cuartel, con tanto millonario, me ha dejado espantado.