I.
PARÍS Y MADRID
A la primera ocasión que tuve fuí a París.
El París de entonces no era el de ahora, este París enorme, cortado por grandes avenidas con árboles. Era todavía un pueblo de calles estrechas, misterioso, en donde todo parecía posible. No había este cuadriculado policíaco actual de la vida, que hace en una inmensa ciudad como París, Londres o Berlín, se conozca a la gente casa por casa y cuarto por cuarto.
Eugenio de Ochoa me sirvió de cicerone; pero me enseñó, sobre todo, aquello que le podía dar lustre a él. Al cabo de quince días volví a Bayona.
Muy poco tiempo después, al comienzo de la primavera, don Eugenio me escribió diciéndome que sería conveniente que fuese a Madrid.
Me alegré mucho; tenía curiosidad de ver algo del interior de España.
Me ofrecí a mis amigos y conocidos bayoneses por si querían algo para Madrid. Gamboa me dió un paquete para que lo entregara al secretario del infante don Francisco, el brigadier Rosales, y dos cartas: una para don Ramón Gil de la Cuadra, y otra para don Martín de los Heros, políticos amigos suyos.
Eugenio de Ochoa me dió también una carta de presentación, para Usoz del Río.