A mediados de mayo marché a Santander, en barco, y de Santander, con grandes dificultades, a Madrid. Ya en el viaje me chocó la confusión y el desorden que había en todo, y me asombró, al entrar en Castilla, la cantidad de páramos y de desiertos que atravesamos.
Don Eugenio me esperaba en la Aduana, a la bajada de la diligencia, y me llevó a una casa de huéspedes de la calle del Lobo, donde vivía él.
Verdaderamente, Madrid me pareció feo y destartalado. La Puerta del Sol era una encrucijada sin importancia; todo lo encontraba muy polvoriento y descuidado.
—La verdad es que esto, al lado de París—le dije a don Eugenio—, parece poca cosa.
—¡Ah! ¿Tú también vas a ser de esos imbéciles que porque han estado unos días en París creen que han de despreciarlo todo?
Me callé, dispuesto a hacer las observaciones para adentro.
No es que yo despreciara Madrid, al revés; para mí, naturalmente, era más interesante que París, porque en París no podía ver nada mas que paredes y calles, y en Madrid hablaba con gentes de cosas que me interesaban. Cierto que entonces todavía tenía ese pobre entusiasmo de admirar una calle ancha y recta, o un monumento muy grande, como si por eso fuera uno más feliz; pero, aun a pesar de eso, como español, Madrid me interesaba más que París.
Yo comprendía claramente que ante la vida europea los españoles éramos muy poca cosa, que no pesábamos apenas nada. Madrid no llegaba a ser mas que un barrio pobre de París.
¡Y la gente! ¡Qué mal aspecto! ¡Qué aire de miseria, de mala alimentación!
—Esta pobre España tan enteca, tan mal dotada, ¿cómo ha podido hacer tanta cosa?—me preguntaba yo—. Ha sido el brío, la confianza, la ilusión, la que ha hecho levantarse estos Escoriales en medio de nuestros páramos. Hemos sido arquitectos con cañas, hemos construído sin medios; así ha resultado todo tan inconsistente.