En el tiempo en que yo he vivido, y sin ofrecer la historia española un interés universal, ¡qué tipos ha tenido nuestra época!, ¡qué fuerza y qué gallardía! Mina, el Empecinado, Zurbano, Zumalacárregui, don Diego León... Si hubiera habido entre nosotros un poeta, estos hombres hubiesen llegado a ser universales, no por su ideología, que era seguramente mísera, sino por su brío y su prestancia. Yo en Madrid disentía un tanto de la opinión de las gentes; me hablaban mal del clima de la corte, que a mí me parecía magnífico, y me elogiaban cosas que yo no encontraba tan admirables. La Puerta del Sol, este pequeño foro, con sus militares, sus intrigantes, sus cesantes, sus rateros, sus mozos de cuerda, sus desharrapados políticos, sus sablistas y sus aguadores; todos estos grupos de hombres harapientos, con manta y calañés, y de señores con capa y sombrero de copa; las manolas de rumbo que pasaban a pie o se mostraban en las calesas; los chicos que corrían descalzos, vendiendo papeles y hojas volantes; toda esta gusanera revolviéndose al aire me interesaba mucho.
Paseé en el Prado con sus lechuguinos, sus damas aristocráticas, sus jóvenes oficiales; vi a la Reina Madre con Muñoz en su landó, y a la Reina niña, en un coche, tirado por seis mulas grises.
Pasé el tiempo en los cafés obscuros, llenos de humo, con los espejos manchados por las moscas, los divanes, que olían a terciopelo arratonado; los mozos, que servían de mala gana; frecuenté la Fontana de Oro, la Cruz de Malta, el Café Nuevo, el de Venecia, el de San Sebastián; y vi en ellos tipos de todas clases, militares de las varias guerras españolas de la Península y de las Colonias, exclaustrados, masones, etc., etc. Leí El Guirigay y El Fray Gerundio, y los folletos anónimos y los papeles que corrían de mano en mano.
Estuve también en los toros a ver a Paquiro Montes, y hablé con él un momento en el Café Nuevo.
Pasaba poco tiempo en la casa de huéspedes. Tenía en ella un cuarto bastante grande, blanqueado, un tanto obscuro, con una cama de madera, y en las paredes, estampas de Atala y de los Incas, con la leyenda en castellano y en francés. Siendo el cuarto tan triste y estando la calle tan alegre, ¿cómo quedarse en casa? La misma reflexión debían hacerse la mayoría de los madrileños, a juzgar por la gente que andaba por las calles.
Por la mañana, el criado que cepillaba las botas me despertaba cantando canciones liberales:
Guerra, guerra a muerte,
a tiranos y a esclavos,
o aquello de