Viva, viva, viva,
viva la nación;
viva eternamente
la Constitución.
El oír estos guerras o estos vivas era señal de que había que levantarse. Efectivamente, me levantaba, y ya no volvía a casa hasta la hora de comer, si no comía fuera.
Hice mis visitas.
Primeramente fuí a ver a los amigos de Gamboa, don Martín de los Heros y don Ramón Gil de la Cuadra.
Estos dos señores, los dos vizcaínos, de Valmaseda, vivían en la misma casa de la calle de Cantarranas, hoy Lope de Vega, donde también había vivido Argüelles. La casa era un antro de progresismo. En la visita a Gil de la Cuadra tuve el maligno placer de hacerle hablar de Aviraneta, diciéndole que Gamboa había estado muy preocupado con la estancia de don Eugenio en Francia.
Gil de la Cuadra habló pestes de Aviraneta: dijo que era un miserable intrigante, traidor a la masonería, difamador, enemigo de todas las personas sensatas, y a quien debían poner a la sombra. Noté que no podía decir contra don Eugenio nada en concreto.
También visité a Usoz del Río, a quien encontré en compañía de don José Somoza. Los dos eran tipos raros y extravagantes. Somoza tenía la preocupación de la metempsícosis, y Usoz, la del protestantismo.