A Usoz le volví a ver años después en San Sebastián, de vuelta de Inglaterra, ya declaradamente cuáquero.

Usoz no era, como dice Menéndez Pelayo, en Los Heterodoxos, nacido en Madrid, sino americano, de familia navarra. El no me lo dijo, porque no hablaba nunca de sí mismo, pero encontré su filiación en las notas policíacas del Livre Noir de Delaveau y Franchet, hechas en tiempo de Carlos X. La primera vez que le vi, Usoz estaba preparando un viaje a Londres. Usoz me presentó al escritor inglés Borrow, y me llevó a casa del embajador de Inglaterra en Madrid, sir Jorge Villiers; luego, lord Clarendon, hombre que tenía por entonces una gran importancia en la política española.

Fuí también a casa del infante don Francisco, y hablé con su secretario, el brigadier Rosales. Este me preguntó mucho acerca de lo que se decía en Bayona.

De pronto el brigadier me dijo:

—El otro día le vi a usted en el café hablando con un sujeto que se llama Aviraneta. ¿Le conoce usted?

—De vista, nada más.

—Pues tenga usted cuidado con él. Es el mayor revolucionario de España, hombre muy peligroso. Su alteza real el infante don Francisco y yo le conocemos mucho, por desgracia.

Estando hablando con Rosales vino el general Minuissir, y me presentaron a él. Yo tenía curiosidad por este hombre, y le pregunté algo acerca de las conspiraciones del tiempo de Fernando VII.

Minuissir no quiso hablar; ya no tenía ningún entusiasmo por los revolucionarios. Pocos años después, cuando el proceso de don Diego León, Minuissir fué fiscal de la causa, y se habló mal de él por haber pedido con energía la muerte del reo. Se dijo que había exagerado el servilismo con Espartero; que era hijo de un cocinero italiano, y que cuando, como premio a su sumisión, le pidió a San Miguel la faja de general, éste le dijo: Sería una faja manchada de sangre.

Cuando le conté a don Eugenio mi visita a Rosales, se rió: