—¿Así que Rosales dice que yo soy hombre peligroso? Más peligroso ha sido él para mí, que me ha propuesto varias veces conspirar a favor del infante don Francisco.

—¿Es hombre revolucionario ese militar?

—Sí; si los demás hacen revoluciones en beneficio de su amo y de él, es revolucionario. El es un cobarde, un tumbón. Le conocí en Ciudad Rodrigo, en 1823. Estaba allí de comandante sin mando. Mientras nosotros nos rompíamos la crisma por aquellos vericuetos, él se entregó en seguida que llegaron los absolutistas.

Hablé con otras personas, y me presentaron en un salón de la buena sociedad. Habiendo vivido en un medio pequeño, como Bayona, con tantas precauciones, al llegar a un medio grande, como Madrid, en donde podía hablar a mis anchas, me encontraba como los soldados romanos, a quienes después de haberles obligado a andar con sandalias de plomo les dejaban correr libremente los días de batalla.

Acostumbrado a la ficción constante, no me costaba ningún trabajo mentir.

La frase de Talleyrand, o de quien sea, de que la palabra es un medio de ocultar el pensamiento, era uno de mis dogmas. Llegué hasta saber fingir la confusión de una manera perfecta.


II.
LOS AGENTES SECRETOS

—Te he dejado que veas Madrid durante unas cuantas semanas—me dijo Aviraneta—y que hables con la gente, porque no tenemos prisa. Por ahora no podemos dar un golpe decisivo; pero preparamos nuestras baterías. El ministro que me envió a Bayona no está en el poder, y trabajamos con el dinero de María Cristina.