—Yo, por mi parte—le dije—, tengo para vivir. Etchegaray y Leguía van viento en popa.
—Ya lo sé, y me alegro mucho.
—La parte de Etchegaray será para usted.
—No, no, ¿para qué? Tú has creado eso y debe ser para ti. Yo no necesito dinero: vivo con cualquier cosa. Vamos a nuestro asunto. Ha llegado el momento de que te ponga al corriente de la parte secreta de mis trabajos. En este mes de marzo pasado se han reunido gran número de batallones en Estella, y por el motivo de la falta de pagas se han sublevado. Ha acudido el mismo Don Carlos a sosegar el motín; ha exhortado a los rebeldes a que volviesen a la disciplina, y les ha prometido que les pagará parte de lo que les debe. No se han conformado ellos sólo con la promesa; y viendo Don Carlos el asunto más grave de lo que parecía al principio, se ha retirado. Entonces algunos sargentos han empezado a pedir la destitución de Don Carlos; pero la mayoría se ha asustado de su propia audacia, y el movimiento se ha sosegado por sí solo. ¿Conocíais esto en Bayona?
—Sí; se ha hablado de este motín de Estella; pero no se ha dicho nada de que se pidiera la destitución de Don Carlos.
—Pues se ha pedido. Esta iniciativa no era completamente espontánea, porque dentro de las filas carlistas contamos nosotros con alguno que otro agente que, cuando vuelvas a Bayona, tendrás ocasión de conocer.
—Muy bien.
—Ahora tu acción se limitará a esto: a asegurar en todas partes, en Bayona, que los carlistas están muy descontentos de las Expediciones reales; que consideran a Don Carlos completamente inepto, y que creen que sería mucho mejor que el infante don Sebastián fuera proclamado rey.
—Esto hará algún efecto; pero no creo que mucho, porque todos los días hay versiones de esa especie.
—De todas maneras, tú repítelo.