—¿Estás dispuesto a trabajar con entusiasmo y con fe?
—Todo lo poco que pueda hacer yo por la causa de Su Majestad y de su augusta hija lo haré con toda mi alma.
—¿Cómo te llamas?
—Pedro Leguía.
—Está bien. Está bien. No me olvidaré de ti. Tengo confianza en tu triunfo. Cuando cumplas tu misión, ven a verme. ¡Adiós!
La Reina Gobernadora me alargó la mano, que yo besé respetuosamente, y Aviraneta y yo salimos del salón.
—Veo que tienes pasta de cortesano—dijo Aviraneta—; tú marcharás más de prisa que yo.
—¿Por qué dice usted eso?
—El ambiente de Palacio no te marea. A mí me marea y me repugna.