—¡Pero es la Reina!—exclamé yo, asombrado.
—Señora—exclamó Aviraneta inclinándose ligeramente—: aquí le traigo a este joven amigo mío y paisano, que va a llevar una misión difícil a Bayona, de la que yo le garantizo a Su Majestad que saldrá triunfante.
—¿No le habías dicho que ibas a traerle aquí?—preguntó la Reina.
—No; y, sin embargo, como ve Vuestra Majestad, no se ha confundido.
—Es cierto.
—No es cierto, señora. Estoy confundido de la bondad de Su Majestad para conmigo—dije yo.
—Nuestro amigo Aviraneta, ¿te ha explicado bien lo que debes hacer?—me preguntó la Reina.
—Sí, señora.
—¿Lo has comprendido bien?
—Creo que sí, señora.