—Descuide usted.
—A estas gentes, únicamente conocen por referencias la reina Cristina, el ministro Pita Pizarro, el subdelegado de policía, don Canuto Aguado, tú y yo. No hay para qué recomendarte la discreción. Cualquier dato que te arranquen te puede perjudicar. ¿Te acuerdas que en San Sebastián te dijeron que yo había ido a Bayona con un extranjero cuya inicial era una Z? La causa de esto fué que Pita Pizarro tuvo que poner en conocimiento del ministro Calatrava, en pleno consejo, la misión que yo iba a desempeñar en Francia, y revelar el nombre del agente con quien me iba a entender, y le mostró una de sus cartas, escrita con tinta simpática y con la firma Z. El mismo día, seguramente Calatrava hablaba en la logia, e inmediatamente se comunicaba la noticia a San Sebastián. Actualmente, en España tenemos dos clases de policías, sin contar con la del Gobierno, que es la oficial y la que vale menos: una es la de los apostólicos, jesuítas, clericales, como se quiera llamarlos, y la otra, la de los masones. La una y la otra son policías espontáneas, y, por lo mismo, más activas. Así, claro, nosotros estamos entre dos fuegos. Por esto hay que tener más cuidado y tomar más precauciones. Esto es como el juego del mus: se gana la partida fingiendo y engañando. Así, que ya sabes: la cuestión es no soltar prenda. Oír, callar y mostrarse impenetrable.
—No tenga usted miedo; he hecho el aprendizaje.
—Todas las minutas me las mandas por la estafeta del consulado inglés.
Había hecho unas notas con las recomendaciones de Aviraneta. Se las repetí, y dió su visto bueno.
III.
LA REINA
Al día siguiente, don Eugenio me dijo que teníamos que ir al Ministerio de Estado a ver una persona importante.
Tomamos un coche, llegamos a Palacio, subimos varias escaleras, cruzamos dos pasillos, guardados por alabarderos, y entramos en un salón con la bóveda pintada, donde había, entre varios palaciegos y militares, una señora gruesa, vestida de blanco.