V.
VINUESA Y SU FAMILIA
Al día siguiente de la visita a la Reina, tomaba la diligencia y me despedía de don Eugenio. Mientras marchaba camino de Lozoyuela iba reflexionando en mi vida. En poco tiempo, ¡qué cambio!
Todos los vagos sentimentalismos de joven, todas las aspiraciones de aventuras infantiles se me iban pasando. Mi ideal era subir y afirmarme.
Estaba viendo que no tardaría mucho en tener que dejar a Aviraneta, seguir su suerte, para volar solo y por mi propio impulso. Me preparaba a ser desagradecido, como hubiera dicho Stratford. Pensaba en este fenómeno raro que todavía han experimentado los hombres de mi tiempo, y yo con ellos: el sentimiento de sentirse engrandecidos por el favor real.
Después de haber besado la mano de la Reina me creía yo más importante y miraba a los demás mortales con cierto desdén.
En mi ensimismamiente engreído, no hice apenas caso de los demás viajeros, ni escuché las divagaciones de un canónigo pedante que peroraba acerca de los adelantos de Francia, hasta que un señor insistentemente se puso a hablarme.
—¿Qué le ha dicho a usted don Eugenio?—me preguntó.
—¿Qué don Eugenio?
—Don Eugenio de Aviraneta.
—¿Le conoce usted?