—Sí; es muy amigo mío.
Este señor me dijo que iba a Francia con real permiso, pues desempeñaba el cargo de oficial de la Secretaría de Estado, y se iba a establecer en Pau.
Pocas cosas inspiran tanta confianza como el no tener interés en terciar en una conversación, y el señor, viendo que yo no tenía muchas ganas de hablar, insistió en su charla, y me dijo que se llamaba Francisco Sánchez Vinuesa, y me presentó a su señora, que también viajaba en el coche, una señora rubia, muy arrogante, de aire extranjero.
Al llegar a las paradas tuve algunas atenciones con la señora, y Vinuesa me obsequió de una manera exagerada. Yo pensaba si es que pensaría pedirme algún favor; pero, no; sin duda, su carácter era así, efusivo y generoso.
Me preguntó varias cosas acerca de la vida de Bayona. Se le veía inquieto con la idea de entrar en Francia.
El buen señor era tímido y asustadizo. Su mujer parecía mucho más decidida que él, y también más inteligente. Hablé con ella largo rato en el camino. Estaba muy enfadada por el viaje que emprendían.
Era mujer alta, fuerte, con el pelo rubio y la tez blanca y sonrosada: una verdadera valkiria. Tenía los ojos azules, los labios muy gruesos y la dentadura muy blanca. Me habló del viaje que realizaban como de una aventura absurda y ridícula.
Tuvimos algunos pequeños percances en el camino; nos embarcamos en Santander y llegamos felizmente a Bayona. Allí, Vinuesa me confesó que era carlista, aunque moderado y tolerante. Iba a dejar a su mujer en una casita que tenía alquilada en Pau para él un amigo carlista, y después pensaba presentarse a Don Carlos.
—¿Va usted a dejar sola a su mujer?