—Sí.

—Le advierto a usted que está muy enfadada con usted por este viaje.

—¿Se lo ha dicho a usted?

—Sí.

—Pues no sé qué hacer.

—No vaya usted.

—Sí; pero, ¿qué quiere usted? Es un deber de conciencia.

El señor de Vinuesa se despidió muy efusivamente de mí, diciéndome que fuera a verle a Pau, y la señora me instó también a que marchara a visitarles.

En seguida que llegué a Bayona me hice cargo de mis asuntos; visité al cónsul Gamboa, a Delfina, a todas las familias conocidas, y comencé a preparar las entrevistas con nuestros agentes secretos.

Delfina me habló con ironía de la aventura de la mujer de Don Carlos, de la Brasileña, una mujer como la princesa de Beira, ya vieja, con un hijo general del ejército carlista que marchaba a campo traviesa con una doncella y el conde de Custine, como una trotacaminos, a casarse con el vulgar y poco interesante Borbón, pretendiente a la corona de España.