Delfina se burló de las señoras españolas, devotas y pedantes, que habían aparecido en Bayona, como doña Jacinta Pérez de Soñañes y doña Vicenta Maturana de Rodríguez, ambas musas del carlismo.
Doña Jacinta era la pedantería hecha carne; doña Vicenta, la poetisa gaditana, había publicado varias novelas, entre ellas Teodoro, o el huérfano agradecido, Amar después de la muerte, y acababa de dar a luz el Himno a la Luna, en cuatro cantos, que el Gobierno carlista prohibió, no se sabe si por resentimiento contra doña Vicenta o contra la luna.
La Maturana tenía fama de ser una gran profesora de baile.
—¡Ah! ¡Quel monument! ¡Ah! ¡Quel phenomene!—me dijo irónicamente Delfina, hablando de ella.
Me acomodé de nuevo a la vida de mi hotel y de mi oficina.
Comprendí entonces, al volver a vivir en Francia, cosa que antes no comprendía bien: cómo era extranjero, cómo había en mí cierta hostilidad interna por el país, y en el país cierta hostilidad para mí. Estas dos hostilidades, la del hombre por un país extraño y la del país extraño por el hombre, forman el lado negativo del patriotismo, que a veces es más fuerte que el lado positivo, o sea la simpatía del hombre por su propia tierra y de su tierra por el hombre.
VI.
AVENTURA EN TOLOSA DE FRANCIA
—Si alguna vez vas a Tolosa de Francia visita a una familia en cuya casa estuve durante mi estancia allá, la familia de Esperamons. Aquí tienes sus señas—me dijo don Eugenio en Madrid.