—Bueno.

—Hay en la casa una muchacha que es muy simpática, Josefina. No vayas a cortejarla. Deja algo para los demás.

—Descuide usted.

—Ya sé que eres un Tenorio; pero, en fin, ten en cuenta que es una muchacha que me gusta.

—Lo tendré en cuenta.

Había recordado esta conversación al hablar con Gamboa de un negocio de vinos que se tenía que hacer en Tolosa, no de gran importancia. Decidí ir yo, porque quería ver el pueblo, y algo también porque me interesaba el conocer a la muchacha que le gustaba a don Eugenio.

Tomé, pues, la diligencia en Saint-Esprit, y fuí por Orthez a Pau, y luego a Tarbes, y de Tarbes a Auch y a Toulouse. Entre Orthez y Pau fuí charlando con un inglés que viajaba para ahuyentar el spleen; de Pau a Tarbes, con dos señoras francesas, y de Tarbes a Auch, con unos militares. Llegué a Toulouse, y me fuí a hospedar al hotel del Gran Sol.

Pedí al dueño una habitación, y éste llamó a una muchacha que llevaba en el delantal un llavero, quien me condujo a un cuarto decorativo, aunque un poco viejo, con el techo con artesonados dorados, la alfombra roja y las sillas y las cortinas también rojas.

Cené, me acosté, y a la mañana siguiente, temprano, salí a ver el pueblo y a arreglar mis asuntos comerciales.

Estos asuntos se habían arreglado por sí solos; así que no me quedaba mas que echar un vistazo a la ciudad y visitar a la familia amiga de Aviraneta.