Hoy Tolosa creo que es un pueblo modernizado, con grandes avenidas y bulevares; entonces era, íntegramente, una vieja ciudad meridional, un pueblo rojo de ladrillo, con calles estrechas y tortuosas mal pavimentadas. Anduve toda la mañana y parte de la tarde callejeando; vi la casa del Ayuntamiento, que tiene el nombre pomposo de Capitolio; pasé por calles de nombres pintorescos, como la del Pato, la de la Manzana, la de la Estrella, del Faraón, la de los Hilanderos, Pergamineros, etcétera.
En la entrada de la calle de la Vieja Cepa contemplé el sitio donde se celebraban los autos de fe de la Inquisición, y en uno de los asientos del coro de Saint-Sernin vi esculpido a Calvino, predicando, con cabeza de cerdo.
A pesar de no ser arqueólogo ni de entender nada de arquitectura, me gustaron las murallas de la ciudad, con sus gruesas torres redondas, y estas calles tortuosas con grandes caserones de ladrillo, con sus tapias, por donde salían las copas de los árboles, y sus puertas cocheras, con aldabones de hierro forjado.
LA DAMA DEL HOTEL DEL GRAN SOL
Al volver, ya cansado, al hotel, me encontré en la escalera con una mujer que me entusiasmó. Iba acompañada por un hombre de unos cuarenta años, tipo seco, flaco, de bigote y barba negros, con un aire triste y distinguido, los ojos sombríos y los labios pálidos. Ella era preciosa: una morena con el óvalo alargado, el pelo castaño y los ojos claros, y una expresión alucinada. Iba tocada con una mantilla española. Yo la contemplé absorto; ella me miró sonriendo. El hombre me lanzó una mirada sombría.
Estaba esta pareja en el mismo hotel, en un cuarto pared por medio del mío.
Yo entré en mi habitación preocupado por tener aquella mujer espléndida tan cerca. Me acerqué a la pared, y noté que, entre mi cuarto y el de al lado, había sólo un biombo recubierto con un terciopelo rojo.
Salí al pasillo del hotel y vi poco después que mi vecino, el marido, o lo que fuera, de aquella mujer tan guapa, salía a la calle con otro hombre que, por su tipo, parecía un criado, un viejo con la cara larga, el pelo casi albino y unos ojos de espantado.
Pregunté al mozo del hotel quiénes eran mis vecinos, pero no sabía más sino que eran españoles y que habían llegado el mismo día que yo.
Volví a mi cuarto; paseé de arriba a abajo, escuché, poniendo el oído en el biombo, y en esto sentí que se abría el balcón en el cuarto de al lado. Abrí yo el mío. Allí estaba, cerca de mí, aquella mujer. Al verla, me palpitaba el corazón como un martillo de fragua.