—¡Qué hermosa es usted!—la dije.

Ella sonrió amablemente; luego puso un dedo en los labios imponiéndome silencio, y se retiró.

Nunca me he encontrado yo tan agitado como aquel día. Pensé que aquella mujer querría decirme algo. Si no, ¿por qué el signo de silencio?

Fuí a cenar, suponiendo ver en el comedor a la dama y a su acompañante, pero no aparecieron. Volví a mi cuarto. Al lado hablaban. Sin duda la pareja había cenado en la habitación.

Pasaron unas horas y noté que hablaban vivamente, y hasta creí oír un beso. No se entendían las palabras. Me entró una gran desesperación y pensé salir a la calle e irme a dormir a otra parte. De pronto oí un rumor monótono en el cuarto de al lado. ¿Qué podía ser esto? Me fijé. Estaban rezando el rosario.

Después no se oyó nada. Me acosté y dormí muy mal.

A la mañana siguiente salí varias veces al balcón y, en vez de encontrarme con ella, me vi una vez con la figura sombría del hombre, que me miró amenazadoramente.

Aquella mujer me había a mí sorbido el seso, trastornado, alucinado. Se me habían olvidado mis asuntos, Bayona, la política, Aviraneta; todo había quedado allí, muy lejos.

LA CALLE TRIPIERE