Al tercer día, el galán y la dama desaparecieron y fueron a vivir, según me dijo el mozo del hotel, a una casa pequeña de la calle Tripière.
La calle Tripière era una callejuela que cruzaba la de Saint-Rome, que es de las más céntricas y de las más concurridas de Tolosa. La calle Tripière, triste y estrecha, adoquinada con cantos del río, tenía algunos grandes palacios del Renacimiento, con altas tapias y puertas cocheras, y casuchas miserables con ventanas pequeñas y rejas, desde cuyos portales partían largos corredores obscuros, que se abrían a lo lejos en un patio sucio y sombrío.
En algunas de estas casas me dijeron que se encontraban cuevas con calabozos e in paces, con grandes anillos que habían servido en otro tiempo de prisión.
Los dos días siguientes paseé mañana y tarde por delante de la casa de la calle de Tripière, sin volver a ver a la bella dama.
Desconcertado, se me ocurrió visitar a la familia amiga de Aviraneta, con la vaga esperanza de que me diera algún dato. Precisamente vivían también cerca de la calle de Saint-Rome, en la del May.
Las señoras de Esperamons, madre e hija, me recibieron muy amablemente; la madre era una señora gruesa, que había vivido en mejor posición y se lamentaba de su suerte; la hija, Josefina, era rubia, gordita, sonriente, de ojos azules, de poca estatura, peinada con rizos y sortijillas, y muy apetitosa.
Josefina cantaba y tocaba la guitarra. Nos hicimos amigos ella y yo, y yo le conté mi aventura del hotel.
—Yo me enteraré—me dijo ella—; mañana lo sabré.
Al día siguiente fuí a casa de Josefina, verdaderamente emocionado.