—Estoy enterada de todo—me dijo.
—¿Qué pasa?
—Es una cosa triste. Esa chica tan guapa está loca.
—¿Loca?
—Sí. El señor que va con ella es su padre, y es brigadier carlista. Parece que desde hace tiempo venía trastornada. De cuando en cuando se viste muy elegante, y se pasea, y se mira en el espejo. Se cree una reina, de la que todo el mundo está enamorado, y dice que tiene un secreto que no puede contar.
—¿Y la ha visto algún médico?
—Sí, varios; pero dicen que es una cosa desesperada.
La noticia me hizo un efecto lamentable. Me decidí a marcharme. Le pedí a Josefina que me diera noticias de ella por carta, y me despedí de las dos señoras de Esperamons, a tomar la diligencia para Bayona.
Unos meses después, Josefina me escribió diciéndome que la muchacha estaba completamente loca; que ya no quería ver a nadie, y que se pasaba la vida en el hotel de la calle de Tripière corriendo de un extremo a otro del patio, medio desnuda y jadeante, y repitiendo a cada paso:
—¡Ah! El amor, el amor, el amor...