A las nueve comienzan a sonar todas las campanas del pueblo, y luego se oye el rumor del órgano y de los cantos de los oficios en la Munsterplatz. Por la tarde suelo estar en mi cuarto, con la ventana abierta, que da al parque.

Al anochecer cruzan empleados y empleadas de tiendas, montados en bicicletas. El cielo toma un color de ópalo, y pasan las golondrinas rápidamente, revoloteando y chillando.

Un orquestón de un circo de lona que han puesto delante de la estación del tren toca valses, polcas, la donna é mobile y la marcha de Tanhauser. Se enciende una luz de arco voltaico en el aire, y comienza a chirriar un grillo.


Hoy, sábado, después de cenar, oía una orquesta desde mi ventana, y he salido al parque próximo al hotel. Tocaba la música en un quiosco. La noche estaba tibia; los relámpagos iluminaban el cielo, haciendo destacarse en el horizonte esclarecido las ramas de los árboles.

La música ha tocado unos aires populares, entre los cuales he reconocido uno o dos de Haydn.

Unas muchachas cantaban al mismo tiempo la letra de estas canciones, y sus acentos guturales tenían un acento de juventud y de energía para mí encantador.

Algunos hombres se habían tendido en la hierba a escuchar; las muchachas paseaban en grupos, con sus trajes claros; había un olor de flores, y a veces resonaban las gotas de lluvia en las hojas de los árboles. Luego ha empezado a llover torrencialmente, y he corrido a refugiarme en el hotel.

Hoy, domingo, llueve también. He sacado mis papeles y me he puesto a escribir. Ya vivo sólo con mis recuerdos. Todo lo que uno ha vivido está bien muerto. ¿Quién se acuerda de ello? Nadie. Cierto que lo que vive ahora morirá también; pero esto no es un consuelo.

El cielo está gris y triste, como yo; para mí no hay sol mas que en los días transcurridos, y me refugio en mis recuerdos, como el animal se mete en su cueva.