IV.
VALDÉS DE LOS GATOS

Unos días más tarde recibí una carta, fechada en París, de Manuel Valdés, citándome para cenar el domingo siguiente en el Café de Burdeos, café poco frecuentado, adonde iban, principalmente, militares franceses.

Llegué a la hora de la cita al café indicado; el dueño me dijo que me esperaban en el piso entresuelo; subí por una escalera de caracol y entré en un comedor pequeño, empapelado de rojo, en donde había un caballero. Era Valdés de los gatos.

—¿El señor Valdés?

—El mismo. ¿Usted es el señor Leguía?

—Para servirle.

Nos dimos la mano.

—¡Qué puntual!—me dijo Valdés.

—Es mi costumbre.