—Sí, seguramente; no soy un gourmet.

—¿No? ¡Qué error, mi querido! La cocina es el mayor manantial de nuestros placeres.

—Por ahora tengo bastante apetito para contentarme con comer—le dije yo.

Teníamos de cena langosta, pechugas de perdiz rellenas y foie-gras. De vino, una botella de Sauterne y otra de Burdeos. Nos pusimos a cenar.

Valdés era un tipo alto, esbelto, afeitado, muy peripuesto. Tenía la cara larga, delgada, fina, la nariz recta, la frente despejada, el pelo blanco, pegado y planchado, los ojos cansados y sin brillo.

Era un elegante un tanto arruinado por la vida. Vestía levita azul entallada, chaleco de terciopelo negro y pantalón con trabillas.

Un observador de minucias hubiera quizá notado, en pequeños detalles, que nuestro dandy no estaba en la opulencia.

El cuello, alto, limpio; la corbata, que le agarrotaba la garganta, impecable; los puños, inmaculados, denotaban su pulcritud; pero la levita y los pantalones, seguramente de buen sastre, se hallaban rozados, y las polainas, a la inglesa, disimulaban que las botas no eran nuevas.

Valdés tenía una ingenuidad de aventurero confinante con la del pillo, muy graciosa. Era hombre acostumbrado a dar a entender que, si se quería, se podía muy bien no darle a él importancia, pero que él tenía sus ideas, que le parecían tan buenas como las de otro cualquiera.

—Yo siempre he sido liberal—me dijo—; pero, ¿qué quiere usted?; la suerte y el haber consumido mi escasa fortuna me han obligado a adoptar una actitud que, íntimamente, no es la mía. He tomado, hace poco, parte en la expedición del conde de Negrí y he andado entre balas. ¿Usted ha presenciado alguna batalla?